Absolutamente

Esa palabra se expande, se dilata en mis oídos. Te oí decirla: “absolutamente”, y repetir su eco en tu mirada. Luego te levantaste, tomaste un cigarrillo y, posando exageradamente, intentando por tres segundos ser un galán de cine de mal gusto, me dijiste: “vete”. Tu orden se mezcló impertinentemente con el eco decreciente de tu anterior palabra: “absolutamente” y, aunque entendía lo que me decías, no era capaz de reaccionar. “No te conozco; esta es mi casa y quiero que te largues. Vete”. Lentamente me fui incorporando, me puse de pie y recogí mis cosas. Las guarde como pude en mi mochila, tome mi abrigo y automáticamente ví la hora: las tres de la mañana. Sin meditarlo demasiado abandoné tu territorio, ese espacio inverosímil de montaje escénico. Ese espacio donde las acciones discurren dentro de un guión establecido con ciertas libertades improvisativas que no alteren la estructura dura de la narración. Ese espacio que es tu hogar.
Tras cerrarse la puerta la oscuridad me abrazó por completo y tiernamente me perdió en su complejidad. Generosamente me liberó de la visión para permitirme escuchar, oler y palpar, logrando hacerme sentir mi propia presencia fuera de este mundo. Y mi miedo a la soledad. Desde este universo paralelo llegué naufragando al puerto de lo no absoluto.

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